Me entero por DIARIO DE NOTICIAS que un partido político, UPN, envía a sus afiliados un argumentario de 8 puntos, que comienzan con el título de Evitar la polémica. Se intenta exhumar la rica, intrigante, compleja y dramática historia de la conquista de nuestro reino, al modo del catecismo de Astete. Nada de leer, investigar, consultar, explorar, cuestionar, contrastar intelectualmente aquella vivencia histórica de la que somos herederos. No. Con leer el argumentario, los afiliados pueden hacer frente a los sucedidos y a la polémica que viene, con la debida moderación.
Como bibliotecaria y archivera estoy alarmada ante semejante atropello a las fuentes documentales que se manejan para hacer de la Historia, ciencia o arte según se mire, un análisis objetivo del pasado. Como escritora de novela histórica, tengo la tentación de envidiar semejante síntesis pues facilitaría en extremo el trabajo de una obra, aunque entorpecería su rigor documental. Sería entregar al lector de buena fe un engaño apañado bordado con mínimos ribetes de imaginación. Porque nada es más novelesco que la propia vida y sus circunstancias peculiares, que es lo que el escritor debe hurgar, rescatar y presentar.
El argumentario, pese a su brevedad, resalta que en la conquista intervinieron alabeses, bizkainos y gipuzkoanos, no dando el importante dato de que eran súbditos de Castilla por conquista, y que por Castilla dejaron de ser Nabarra y, por lo tanto, estaban sujetos a leva. Ni que al frente de esas tropas iba el Conde Lerín, Luis de Beaumont, hijo del viejo bandolero, condestable de Nabarra, provocador de una guerra civil interminable. Que al día siguiente de la entrada de las tropas en Pamplona, un 26 de julio, le fueron restituidos por el Duque de Alba, tierras y títulos, que los reyes legítimos de Nabarra, Catalina y Juan, le tenían confiscados por su permanente insubordinación. Premio a la traición. Eso, no se dice.
Ni habla de las bulas extendidas por un papa guerrero, aliado de Fernando de Aragón quien las manipuló, que excomulgando a los reyes, dejaba expedito el camino a la toma del trono de Nabarra, a quien lo conquistara primero. Ni de los reclamos de su nieto Carlos, rey del imperio español, por devolver el reino, agobiado en sus últimos momentos, de escrúpulos políticos. Esas pequeñas cosas no caben en el argumentario: lo harían extenso e ilegible para unas bases que, a priori, se las califica de analfabetas.
Hay un archivo y una biblioteca de Nabarra a los que hay acudir en busca de información bibliográfica, libre y gratuita; investigadores que dedicaron su vida al estudio de la historia del reino, como lo fue el navarro Arturo Campion, enjundioso investigador de archivos y exponente metódico de los sucedidos, del francés Prosper Boissonnade, catedrático de Historia de la Universidad de París, que explora magistralmente tratados y bulas que llevaron al reino a la perdición, de diversos historiadores que cansa listar. Existe, además, la Wikipedia cuya información es objetiva. Para procesar los datos históricos hay que investigar y analizar esas fuentes, cotejarlas, formar criterio. Son las condiciones mínimas de libertad del ser humano a formar opinión, opuestas a los del pensamiento único, propio de las dictaduras.
Nabarra fue conquistada por las fuerzas miliares pujantes de Castilla, vencedora de Granada, conquistadora y colonizadora de América y Filipinas, un imperio ya denominado español, donde no se ponía el sol. Que en estos 500 años hayan subsistido parte de sus atribuciones, no es extraño. En América se conservan lenguas, religiones, usos y costumbres indígenas, irreductibles pese a la espectacular avanzada militar castellana que, también hay que señalar, no hizo a Castilla rica sino poderosa: sus hombres victoriosos en el viejo continente, emigraron al nuevo, tan movidos por el hambre como los habitantes arrasados de El Andalus.
Nabarra fue desposeída de su soberanía y en eso radica su tragedia. Pamplona se rindió ante las fuerzas del Duque de Alba en un día, pero durante otros 12 años más, Nabarra resistió y, fraccionada en dos, sus reyes legítimos, en la Baja Nabarra, siguieron en la reclamación de la devolución de la parte sur del reino. Hoy, 500 años después y en democracia, cosa que no ha habido nunca en el imperio español, exceptuando los años de la 2ª República, somos muchos los que queremos la revisión de los expedientes y luz de focos sobre los sucedidos en aquella conquista que tuvo los ribetes de una cruzada militar religiosa, paralela a la de Franco.
Los que nos movemos en el camino de la Historia y la investigación bibliográfica, en los derroteros del libre albedrío, tratamos de aclarar los hechos para poder declararnos, en plenitud de conocimientos, herederos de una historia que nos pertenece. Desde 778 hasta 1512 Nabarra fue soberana, aglutinadora de los pueblos vascos de los que fue despojada, privándole de su acceso al mar, y a la que el historiador Campion detecta una genialidad singular, por su espectacular comportamiento histórico, pues nace de un enfrentamiento de hombre libres contra un conquistador imperialista, pero le toca declinar ante otro, denominado por bula papal, El Católico.
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